Miradas sobre la torre de la catedral toledana.

Desde cualquier punto exterior que miremos a la Ciudad Imperial (Toledo), siempre nos tropezaremos con la magnífica aguja que sobresale de su templo catedralicio, correspondiendo con su torre norte o “torre de las campanas”, denominada normalmente como “giganta”.

Esta fue el gran faro toledano en otros tiempos, pues se le colgaba un farolillo a cada una de las puntas de las tres coronas que se encuentran embutidas en su “alcuzón” (por tener la forma de una alcuza) o tronco piramidal de ocho lados, correspondiente al tercer cuerpo de dicha torre.

La torre emerge desde su base, como un gran “falo erecto”, tocón de la cristiandad, con un cuerpo cuadrado  de una sorprendente belleza, subiendo por encima de la mitad de su altura total, cuya zona más alta es contenedora del cuerpo principal de sus campanas dando lugar al campanario, con dos a cada uno de sus lados y en el centro su “campana gorda” la más famosa de todas. Nueve tiene por tanto en esta zona.

Por encima, en su segundo y ligero cuerpo octogonal, se hallan otras cuatro campanas más. Todas ellas llamaban en lo antiguo a los diferentes oficios que se iban a llevar a cabo en dicho templo, ahora solo una da las horas y a todas se las puede escuchar cuando hay algún concierto de campanas toledanas.

Recuerdo que cuando era joven, una de las veces que accedí a las doce del mediodía hora del “ángelus”, para ver su famosa “Campana Gorda”, comenzó a moverse su gran badajo golpeando a esta y con su reverberación por la gravedad de su gran sonoridad, la propia torre de la catedral temblaba lo suficiente, como  para parecer que se trataba de un terremoto, por lo que al comienzo de sus campanadas te asustabas bastante.

Pero lo que más llama la atención, es que entre las calles y callejones de Toledo, su silueta se recorta entre medias de sus altas paredes, elevándose hacia el cielo, recordándonos donde se encuentra el templo primordial de la ciudad y siendo un referente cardinal, para no perdernos en el laberinto fundamental con el que está construida esta ciudad universal.

Presento aquí mi primera plumilla sobre este tema, que se corresponde con la vista desde de la calle del Arco de Palacio a cierta altura, cuyo nombre viene por el moderno cobertizo de tradición tan toledana, que hay entre el Palacio Arzobispal y el claustro de la propia catedral toledana, que conduce por medio de un ascensor ,descendiendo hasta el módulo que hay pegado a la hoy cerrada Puerta de la Presentación, para que los cardenales y otros magnatarios, no salgan a la calle y pasen directamente al templo sin ser molestados.

Desde veste lugar se observa perfectamente la grandeza y la perfección de esta magnífica torre norte que ha servido de inspiración para cantidad de dibujantes y pintores, en definitiva para recreación de artistas.

Torre que se construyó aprovechando el antiguo alminar de la mezquita mayor, pues se levantó sobre él mismo mientras se elevaba esta, por este motivo solo se ha podido construir desde cierta altura, una sola escalera de caracol en una de sus esquinas.

La torre sur que se debía de elevar tanto como la torre norte, al menos había llegado en su construcción hasta su propio campanario, pues según una carta del arzobispo Gil de Albornoz, que nos sirve como documento excepcional, correspondiendo al año 1345, dice: “Cuando estaba a punto de acabarse la catedral, cayó la torre de las campanas, derribando de mala forma gran parte de esta”.

Por ella comprendemos que a la catedral la faltaba poco para terminarse sobre esas fechas y que la torre sur debía estar casi terminada, siendo como mínimo tan alta como la torre norte  y el gran quebranto que debió suponer  para las bóvedas cercanas  a la misma, teniendo que ser reconstruidas y terminando de cerrarlas como dice una filacteria que hay pintada al fresco en este lado del templo, en el año 1493.

Siempre se nos ha contado que fallaron sus cimientos, pero hay que recordar que la roca en granito  de Toledo, se encuentra casi a flor de piel, lo que quiere decir que lo que debió de fallar fue su estructura. Esto le ocurrió también a la torre sur de la catedral de Bourges, en el centro de Francia, por lo que se la denominó como torre muda y a la que se la adhirió un gran contrafuerte, pareciéndose una torre doble. En Toledo sin embargo se rehízo posteriormente con dos cuerpos octogonales  de poca altura y se remató con una media naranja por encima, en un estilo diferente al arte ojival.

Otra plumilla que expongo aquí, se refiere a la misma torre norte, pero con una vista diferente, esta vez desde la calle del Comercio o “calle Ancha”, cuya arteria y paisaje  reconocemos muy bien los toledanos de mi edad, pues en nuestra juventud era la vía más transitada por los jóvenes de aquel tiempo y donde se “tonteaba”, para ver quien paseaba o para mirar en los comercios de ropa que en ella había.

Desde siempre, ha sido una calle muy transitada por la gente de Toledo, al ser una de las arterias más comerciales de la ciudad. Ahora en nuestro tiempo esta cuestión se ha multiplicado, precisamente por la cantidad de turismo que visita esta urbe, al ser esta  “Patrimonio de la Humanidad”, siendo casi imprescindible atravesar por ella, si nos dirigimos desde la plaza de Zocodover hacia la catedral.

Desde luego la vista desde este lugar es increíblemente bella, así como cotidiana. Según nos vamos acercando hacía la catedral, llegando a las Cuatro Calles, muy cerca de su pórtico norte, la torre se observa más alta y esbelta en su conjunto. Presento aquí un esmalte desde el mismo lugar, del catedrático de dibujo Marcos Romera, amigo personal al que le encanta la ciudad de Toledo y en la que ha vivido.

Por cualquier punto diáfano o ciudadano desde el que miremos, como desde la carretera de circunvalación o desde la calle de los Pascuales, siempre nos encontraremos esta alta torre, sirviendo como tema de inspiración como se aprecia en mi caso.

Por tal motivo llevé a cabo otra plumilla sobre este tema, aunque con otra perspectiva desde la calle de Santa Isabel, precisamente por haber vivido desde los dos a los siete años al principio en ella, por lo que dicha imagen se clavó en mi vista y se más tarde se adhirió en mi alma para siempre sin dejar de estudiarla hasta ahora mismo.

Tal ha sido la influencia sobre mi persona, de esta torre y el edificio al que pertenece, que he dedicado parte de mi vida en estudiarlos a fondo, desde todos los puntos de vista y con todas sus consecuencias y así seguiré el tiempo que me queda por vivir. Este estado de conciencia, dio como fruto en 1976 el descubrimiento del “Juego de la Oca” sobre la planta del templo, estando descrito en la serie de “Cuadernos Heterodoxos Toledanos”, números 3º y 4º.

Dejo aquí constancia de todo lo que digo, con tres plumillas dibujadas entre sus calles, también el dibujo de lo que pudo ser su alminar islámico, terminando con otra plumilla más sobre la cara oeste del templo, donde podemos observar sus pórticos principales, así como sus dos torres, vista esta desde la plaza del Ayuntamiento.

Si alguien quiere aprovecharse de estas páginas, sabe que intelectualmente, tiene la obligación por ley,  además de moralmente, de hacer referencia tanto del autor como de su trabajo.

© Copyright A. Vega 2012.

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